Tom Wolfe husmea en las orgías universitarias
en su última novela
Texto: I. Esteban
26/03/2005
EN
EL ESCAPARATE. Tom Wolfe, en su casa de Manhattan.
/AP
La chica ingenua y decente cae en las más
sucias tentaciones. Cientos de novelas se han escrito
con este argumento y ahora el estadounidense Tom Wolfe
lo actualiza en Soy Charlotte Simmons (Ediciones B),
una crítica contra el bajo tono moral en las
universidades de élite de su país.
La novela, que empezó a distribuirse ayer por
las librerías españoles, narra la vida
de una muchacha de pueblo desde sus brillantes días
en el instituto comarcal hasta las orgías universitarias
en Dupont University, un centro de prestigio en el que
los alumnos ni contemplan el más mínimo
interés intelectual y se dedican, a tiempo completo,
al ligue desenfrenado y a chupar de la botella.
Soy Charlotte Simmons
critica los excesos alcohólicos y
la preocupación por el sexo en los
campus de EE UU
La protagonista es una chica de pueblo que
cede ante el desenfreno
«Yo soy Charlotte Simmons», se repite al
principio la protagonista cuando ve cómo se tambalea
la educación puritana que mamó en Sparta,
la localidad de 900 habitantes de Carolina del Norte
en la que creció. No obstante, enseguida se da
cuenta que en los depravados campus estadounidenses
la gente se presenta sólo con el nombre y ha
perdido la costumbre, tan americana, de agregar el apellido.
Este choque de modales presagia la desolación
que viene luego. La nueva novela del autor de La hoguera
de las vanidades presenta a tres tipos que ayudan a
retratar el ambiente inmoral de la élite universitaria.
Jojo Johanssen cursa allí por su habilidad en
el baloncesto, no por sus dotes cerebrales. Hoyt Thorpe
es un gamberro con pretensiones de leyenda universitaria,
gracias a la paliza que le propinó al guardaespaldas
de un político cuando éste estaba concentrado,
dentro de un baño, en el sexo oral. Por último,
Adam Gellin saca dinero extra como repartidor de pizza,
escribe en el periódico del campus y no ha perdido
su virginidad, igual que la propia Simmons.
Contagio maníaco
El lector tendrá que esperar cientos de páginas
la novela tiene más de 600 para que
ocurra algo en este sentido, y algunas menos para que
ella coja su primera borrachera. El sueño de
la brillante chica de pueblo, que va a saborear las
mieles del intelecto, se arruina ante un panorama de
fiestas, bebidas, sexo y vuelta a empezar. El prestigio,
más que en la inteligencia, se encuentra en el
aguante físico.
Tom Wolfe empleó cuatro años en la investigación
para su novela, durante los cuales visitó distintos
centros universitarios y habló con sus alumnos.
Todo parece indicar, sin embargo, que este doctor por
la universidad de Yale tenía previsto, de entrada,
criticar la caída de nivel en la enseñanza
superior de Estados Unidos.
Soy Charlotte Simmons contiene además otras preocupaciones
recientes de Wolfe, como la genética y la neurobiología,
tratados en artículos y ensayos suyos. El curso
favorito de la protagonista se titula Introducción
a la neurociencia: Descartes, Darwin y el problema mente-cuerpo.
Lo da Víctor Starling, un premio Nobel que demostró
que los gatos de sexualidad normal se vuelven unos maníacos
cuando se juntan con animales de su raza en permanente
excitación. El paralelismo con Charlotte Simmons,
metida en la olla del campus, no pasa desapercibido.
Algunos críticos han visto en la novela una revancha
contra John Irving y Norman Mailer, que acusaron a Wolfe
de no saber construir personajes femeninos. El autor
vuelve a querer captar el aire de los tiempos. Si en
La hoguera de las vanidades retrató la avaricia
económica de los ochenta, ahora le toca al declive
intelectual. Los críticos le ha recordado que
las juergas universitarias siempre han sido una tradición
genuinamente americana.
EL AUTOR
Tom Wolfe nació el 2 de marzo de 1931
en Richmond, Virginia. Se doctoró en 1957 con una tesis sobre
los escritores comunistas de EE UU entre 1929 y 1942.
En 1962, mientras trabaja en el New York Herald Tribune,
el escritor empieza a vestirse con traje blanco,
hasta hoy.
En 1972 publica su histórico ensayo sobre el
nuevo periodismo.
Se confiesa admirador de Zoal, Thackeray y Dickens.