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El desierto rojo de Australia

AGENCIAS

Ayer's Rock es un paraíso, una imponente mole de arena en medio de la nada desde donde se contempla uno de los fenómenos naturales más espectaculares de la Tierra

Rojo amanecer en la áspera región donde se alza el Ayer's Rock.

Nadie sabe a ciencia cierta de qué color es el Uluru, la inmensa roca sagrada que los Anangu custodian desde hace 22.000 años y que los australianos llaman Ayer's Rock. El Uluru se enciende al amanecer con un rojo incandescente que dura apenas unos segundos. Es una ignición mágica que parece irradiar de su interior y constituye el más fascinante espectáculo natural que pueda presenciarse. A partir de ese momento, las luces cambiantes del día van variando su color hasta que el ocaso lo viste de un misterioso violeta.

A los aborígenes no les gusta ni un pelo que los turistas lo profanen y piden encarecidamente que respeten su ley y no asciendan a la roca, pero cada mañana una larga hilera de figuras humanas culebrea penosamente por las consumidas faldas hasta sentarse en la magnífica atalaya de su cima. A su alrededor, pueden contemplar miles de kilómetros de desierto barridos por el mismo viento que redujo a polvo la mayor cadena montañosa de la tierra. Alturas superiores a las del Himalaya fueron erosionadas por los elementos durante más de 600 millones de años hasta extender por doquier sus partículas arenosas. Es el desierto rojo que ocupa la parte central de Australia. En esa inmensa llanura de dunas y arbustos secos destacan, como mínimas reminiscencias de su grandioso pasado geológico, los Olgas y el King's Canyon.

El Uluru es otra cosa. Una imponente mole de arena compactada por la presión que surgió como un diente desde el interior de la tierra. Con un perímetro de dos kilómetros y una altura que no llega a los 200 metros, los geólogos sostienen que hunde su raíz varios kilómetros bajo la superficie. Pero, para los Anangu, el Uluru es cosa de los espíritus, un lugar mágico y sagrado que ha presidido su vida desde los orígenes. Un difícil tratado, lleno de malabarismos legales, permite a los turistas acceder con restricciones a esta maravilla que custodian con gran celo.

Cualquiera que pueda llegar hasta allí se sentirá privilegiado. Hoy día no es tan difícil. Hay un aeropuerto y un complejo hotelero, «Sails in the Desert», en las proximidades. Ambos perfectamente camuflados en la orografía del desierto. Los momentos mágicos son el amanecer y el ocaso. El propio hotel organiza una cena al aire libre sobre un promontorio cercano que permite disfrutar de la puesta de sol más cautivadora del planeta.

El caso es que ningún hombre blanco había puesto el pie sobre ese inmenso territorio reseco y hostil hasta que la Compañía Telegráfica decidió tender una línea que atravesara de norte a sur el continente. La primera exploración data de mediados del siglo XIX, pero hasta principios del siglo XX no había ningún asentamiento en la zona. Alice Springs fue el primero junto a unas milagrosas pozas de agua embalsada sobre el lecho seco de un río que dieron en llamar Todd.

La Estación Central del Telégrafo ha crecido desde entonces hasta convertirse en una atractiva población de 27.000 mil habitantes, a más de 1.500 kilómetros de distancia de la ciudad más próxima. Es un magnífico punto para iniciar la exploración del desierto y cubrir un extraordinario circuito, que incluye la visita del King's Canyon y Ayer's Rock.

Una ancha y rectilínea carretera de tierra roja corta la inmensa sabana de arbustos secos. Quien se anime a conducir hasta King's Canyon disfrutará de uno de los viajes más sorprendentes y excitantes de su vida. El magnetismo del desierto deja sentir en cada instante su magnífica fuerza telúrica. No hay aburrimiento posible. El desierto está lleno de vida, olores y colores. De pronto, cruza la carretera una reata de inmensos burros salvajes, cuyos antepasados dejaron a su suerte los constructores del telégrafo; o aparece, paciendo tranquilamente en la distancia, un camello, descendiente de los miles que se importaron de Arabia para acarrear los postes. O el horizonte cobra vida con los potentes saltos de los canguros.

Flora hostil

En este desierto tan extraño crecen flores hermosísimas y árboles gigantescos. Hay melones por doquier que solo comen los animales y plantas exóticas y atractivas que hunden sus raíces en la arena a la búsqueda de la preciada y lejana agua. Pero, ojo, todo es hostil. Muchos arbustos ocultan dolorosas espinas que rasgan la piel con saña. Para adentrarse en los matorrales hay que estar perfectamente equipado y hacerse acompañar de un guía.

En las proximidades de King's Canyon hay un complejo vacacional, camping incluido, que permite tomar un jacuzzi en la propia habitación tras una pared de cristal que se asoma al desierto. Una pasada. Por lo demás, hay que levantarse a las cinco e iniciar la ascensión a tiempo de ver el sol encender las paredes del cañón. Después vendrá el descenso a las refrescantes aguas milenarias embalsadas en el fondo impermeable de la grieta e incluso un baño reparador en ellas. Regados por esas aguas y protegidos por el microclima interior, pueden contemplarse algunos de los helechos más antiguos del planeta. Es un lugar fascinante, una reliquia geológica que conmueve. Este paseo de seis horas por los remotos parajes donde solo habita el viento guardará por siempre un lugar de privilegio en mi memoria.

De King's Canyon aún quedan unas horas de viaje hasta Ayer's Rock, pero por el camino uno no deja de pensar que podría quedarse durante meses escuchando el silencio, contemplando la soledad, fundiéndose con una naturaleza pura e incontaminada como en poco sitios. La aparición del Uluru dominando el horizonte supone el inicio de una nueva etapa.

A partir de ese momento todos los ojos, todas las conversaciones, todos los pensamientos son para esa roca mágica que reclama el protagonismo más absoluto. Sin ella, nada tendría sentido en aquel lugar. La verdad es que uno no se cansa de mirarla. Pero cada vez se topa con una roca distinta y siempre poderosa, capaz de influir sobre los estados de ánimo. Hay momentos en que se llega a pensar que el desierto entero, con su inmensidad, sus flores y colores, fue creado sólo como marco para esta diosa de roca..

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