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REPORTAJES

Sin perdón ni arrepentimiento

Texto: César Coca / La Verdad
30/12/2004


EL BANQUILLO. Los acusados y sus defensores, sentados delante, durante una sesión del juicio de Núremberg. / AP

No sabían nada. No participaron en nada. Los dirigentes nazis juzgados en Nuremberg al final de la Segunda Guerra Mundial parecían haber vivido en otro país, conocían a otro Hitler distinto del que ha pasado a encabezar las páginas más negras de la Historia, tuvieron poco trato con él pese a ser sus hombres de confianza y, en la mayor parte de los casos, rechazaban categóricamente el exterminio de judíos. Así funcionan los mecanismos del alma humana, y la publicación de un libro que contiene la transcripción de las entrevistas que sostuvo con los presos el psiquiatra estadounidense Leon Goldensohn (Las entrevistas de Nuremberg, con una introducción de Robert Gellately, Editorial Taurus) aporta pruebas definitivas sobre su complejidad.

Un libro recoge las transcripciones de las entrevistas que un psiquiatra mantuvo con los acusados en el juicio de Nuremberg, que en muchos casos no se sentían culpables

Hombres de extrema crueldad que, enfrentados a los horrores causados, no los reconocen o desplazan hacia otros cualquier responsabilidad. Ésa fue la norma común entre los 22 acusados del proceso principal y también entre muchos de los testigos de aquel proceso, que luego a su vez fueron los acusados en juicios posteriores.

Con la tranquilidad que les da saber que no se derivará ninguna consecuencia de lo que digan ante el psiquiatra, los acusados cuentan su vida, su paso por el Gobierno o el partido y sus ideas respecto de los judíos. Todos coinciden en culpar de la mayor parte de las atrocidades a Himmler, por su gran influencia sobre Hitler, y en el magnetismo que irradiaba la figura del Führer. Hans Frank, su abogado personal, habla de «personalidad hipnótica», y se atreve a dar una explicación freudiana a su crueldad: su escasa necesidad de sexo se compensaba con grandes dosis de sadismo. Para Göring, el número dos de Hitler, éste «era cualquier cosa menos cruel», salvo en el último año. Antes, había mostrado su generosidad, decía Göring, indultando a muchos condenados a muerte.

¿Quién dijo que los nazis eran antisemitas? Algunos de sus dirigentes lo niegan tajantemente. Y desde luego aseguran ignorar por completo el exterminio al que fueron sometidos. Karl Dönitz, a quien Hitler nombró su heredero en su testamento, asegura que se enteró de las matanzas en pleno proceso de Núremberg. El abogado Hans Frank ni siquiera había oído nada respecto al hostigamiento del que habían sido objeto con anterioridad. «En Alemania no sabíamos nada de la persecución de los judíos. En otras naciones hay una prensa libre, en Alemania no teníamos ni una prensa ni una radio libres», dice. Hans Fritzsche, alto funcionario del Ministerio de Propaganda y por tanto uno de los responsables de que no existiera libertad de prensa, tiene la osadía de culpar a los demás: «El pueblo alemán fue engañado y traicionado», reconocía, pero eso fue debido, «al menos en parte, al resto del mundo».

Walter Funk fue ministro de Economía entre 1937 y 1945. Durante esos años vio cómo al banco central alemán llegaban grandes partidas de oro en forma de piezas dentales, anillos y otros objetos. «Si hubiera sabido que los depósitos de oro (...) procedían del programa de exterminio, o incluso del robo ilícito de las posesiones de los judíos, me habría negado a custodiarlos en el Reichsbank». ¿Nunca sospechó nada?, le pregunta incrédulo el psiquiatra. «La gente puede fallecer por causas naturales, ésa era una procedencia posible, otra eran las casas de empeño y cosas así. Ni siquiera se me pasó por la cabeza pensar en los campos de exterminio», responde Funk.

Justificaciones

Otros dirigentes ni siquiera podían alegar ignorancia. Rudolf Höss fue comandante en jefe del campo de concentración de Auschwitz entre 1940 y 1943. Con una frialdad que hiela el corazón del lector, cuenta que en aquella sucursal del infierno murieron 2,5 millones de judíos. Él no decidió nada, asegura; se limitaba a cumplir órdenes. «¿Tiene usted ahora algún sentimiento de culpa por todo ello?», le pregunta Goldensohn. «Sí, ahora, naturalmente, me hace pensar que no fue correcto hacerlo». Una apreciación que es plenamente coherente con otra posterior: «Yo personalmente no asesiné a nadie. Yo era sólo el director del programa de exterminio de Auschwitz».

Parece como si en los sucesivos juicios celebrados en Núremberg se hubiese procesado a un grupo de buenas personas superadas por los acontecimientos. Algunos de ellos, incluso, no sólo no participaron para nada en los horrores, sino que, dicen, impidieron otros mayores. Como Erich von dem Bach-Zelewski, eminente miembro de las SS y de la Policía y desde 1941 general de la misma: «Incluso hoy, cuando miro hacia atrás (...) me tengo que responder que fue bueno que unos cuantos tipos decentes como yo tuviéramos influencia en las SS, porque de ese modo evitamos cosas terribles».

EL JUICIO DE NÚREMBERG


La vista
El juicio principal de los celebrados en Nuremberg comenzó en realidad en Berlín el 18 de octubre de 1945. Ese día tuvo lugar la sesión preliminar.
La primera sesión propiamente dicha fue ya en Núremberg, el 14 de noviembre. La vista se prolongó hasta el 31 de agosto de 1946.
El tribunal llevó a cabo 403 sesiones públicas, escuchó a 166 testigos y estudió miles de declaraciones escritas y documentos. Las deliberaciones finales fueron los días 30 de septiembre y 1 de octubre.

El tribunal
El Tribunal Militar Internacional, pactado entre EE UU, la URSS, Reino Unido y Francia, estaba compuesto por cuatro jueces y otros tantos fiscales, con sus respectivos sustitutos. Cada uno de ellos contaba con un equipo de apoyo propio.

Los acusados
En el juicio principal hubo inicialmente 24 acusados, pero uno de ellos, Robert Ley, dirigente del Frente del Trabajo, se suicidó justo antes de iniciarse la vista; y otro, el industrial Gustav Krupp, no pudo asistir por razones de salud. Uno de los acusados lo fue ‘in absentia’: Martin Bormann.

Los cargos
El primero era que los acusados habían participado como responsables, organizadores, inductores o cómplices en el diseño o ejecución de un plan para cometer o facilitar crímenes contra la paz, crímenes de guerra y crímenes contra la Humanidad.
El segundo era la participación en algún grado en guerras de agresión.
El tercero era tener un plan conjunto para cometer crímenes de guerra.
Por último, se les acusaba de cometer crímenes contra la Humanidad.

Las sentencias
Doce de los acusados fueron condenados a morir en la horca, tres condenados a cadena perpetua, dos a veinte años de prisión, uno a quince y otro a diez. Tres fueron declarados no culpables.

Otros juicios
De diciembre de 1946 a abril de 1949 se desarrollaron en Núremberg otros doce juicios. En este caso, los tribunales fueron responsabilidad exclusiva de EE UU. Más tarde, hubo nuevos juicios en Alemania a cargo de las potencias ocupantes.

SEIS PERSONAJES CLAVE

HERMANN GÖRING / COMANDANTE EN JEFE DE LA LUTTWAFFE

«Si un judío pedía ayuda, yo se la daba»

«¿Qué me importa a mí el peligro? Yo he enviado a la muerte a muchos soldados y aviadores, ¿qué puedo temer?», se preguntaba quien se consideraba a sí mismo el número dos de Hitler. Göring no se creía antisemita: «Siempre que un judío me pedía ayuda, yo se la prestaba», decía. Y aseguraba que hizo muchas propuestas para mejorar la situación de los judíos en Alemania. Por ejemplo, que quienes habían recibido la Cruz de Hierro en la Primera Guerra Mundial o aquellos cuyas familias llevaran al menos 100 años en el país quedaran al margen de las leyes antisemitas.

Sin embargo, tamaña generosidad casa mal con una afirmación posterior: «Si creyese de verdad que matar a los judíos podría servir de algo (...) no me habría molestado gran cosa».
Su opinión sobre los alemanes no era muy positiva: «Somos apolíticos, y unas elecciones pueden decantarse del lado que uno quiera porque el pueblo es muy ingenuo».

Göring se suicidó en su celda poco antes de la hora prevista para su ejecución.

RUDOLF HESS / LUGARTENIENTE DE HITLER EN EL PARTIDO NAZI

«No tomar pastillas para dormir»

Cuando Goldensohn le entrevistó, a comienzos de junio de 1946, Hess le recibió tendido en su cama, con el abrigo puesto y cubierto por varias mantas. Hess, que fue detenido en el Reino Unido, adonde se había dirigido para intentar un pacto anglo-germano, tenía enormes problemas de memoria. En mitad del proceso, en el que tanto se jugaban él y otros acusados, su mayor obsesión era la sal de la comida y unos pinchazos en el estómago que le causaban dolor. Sólo tenía 52 años, pero Hess era la viva imagen de un hombre acabado física y mentalmente, incapaz de recordar a qué se dedicaba su padre, o qué aspecto físico tenían sus progenitores. Sobre su cama había una hoja con algunas notas. «Comer poco. No tomar pastillas para dormir. Sólo servirá para disminuir sus efectos en el caso de que te hagan realmente falta». A Hess, en Núremberg, sólo parecía preocuparle su salud.

Hess se suicidó a los 92 años, en la cárcel de Spandau. Había sido condenado a cadena perpetua.

JOACHIM VON RIBBENTROP / MINISTRO DE ASUNTOS DE EXTERIORES

«Oía a Hitler y me saltaban las lágrimas»

Un actor afectado y no muy bueno. Ésa fue la impresión que sacó el psiquiatra de las entrevistas con el ministro de Exteriores de Hitler. Y un admirador incondicional de su jefe: gran persona, encantador, diplomático, magnético. Ribbentrop agotaba los elogios al hablar del Führer. Sin embargo, a juzgar por sus palabras, no informaba de nada a su ministro. Ribbentrop asegura no saber nada del exterminio de los judíos, de los campos de concentración... Sólo habla de su fascinación por el líder, y su testimonio es singular: «A veces, en su presencia, cuando hablaba de sus planes, las cosas buenas que haría por el pueblo, las vacaciones, carreteras, edificios nuevos, las ventajas culturales y todo eso, se me saltaban las lágrimas». Y da otra prueba de su fascinación: cuando a finales de 1944 tuvo las primeras noticias sobre los campos de concentración, fue a preguntar por ello a Hitler. «Propaganda del enemigo», le contestó. Y se lo creyó.

Von Ribbentrop fue condenado a muerte y ahorcado.

ALFRED ROSENBERG / IDEÓLOGO ANTISEMITA

Rosenberg creía en la superioridad de la raza aria en su conjunto y en la suya en particular. En sus conversaciones con el psiquiatra no mostró el menor signo de admitir que sus teorías («los judíos escupieron a la cultura alemana», por ejemplo) pudieran estar equivocadas. Sí dio pruebas, en cambio, de una altanería notable. «Le agradezco que tome notas, pero quiero que las tome fielmente y que no malinterprete mis complejas teorías y razonamientos. Después de todo, soy un filósofo y un estudioso, y mis pensamientos pueden ser complejos», le dijo con total naturalidad. Algunos, más que complejos eran irrisorios o humillantes, según se mire. Por ejemplo, su apoyo a una propuesta de enviar a los judíos a Alaska, las Guayanas, Madagascar o Uganda. Esta y otras ideas forman parte de una corriente de pensamiento, la suya, que «para el hombre normal es demasiado profunda e insondable».

Rosenberg fue condenado a muerte y ahorcado.

KARL DÖNITZ / NOMBRADO SUCESOR POR HITLER

«Se salvó sangre alemana»

Hitler le nombró su sucesor en su testamento, pero Dönitz , gran almirante y comandante en jefe de la Marina alemana desde 1943, aseguraba que se había enterado del exterminio de los judíos ya en pleno proceso de Núremberg. Además, tenía una curiosa manera de repartir responsabilidades: los culpables de las atrocidades debían de haber sido, comentaba, los alemanes del sur y los austriacos, de carácter colérico; no los alemanes del norte, tranquilos, callados, algo tontos incluso. Dönitz se declaraba ignorante, pero no del todo. Sabía de la existencia de los campos de concentración desde 1933, y la justificaba: «Aquellos fueron tiempos revolucionarios, e internar en campos de concentración a unos cuantos adversarios políticos no era algo particularmente malo. Metiendo en campos a esa gente de ideas extranjeras, se salvó sangre alemana».

Dönitz fue condenado a diez años de cárcel.

ALBERT SPEER / ARQUITECTO DE HITLER

«Soy culpable»

El arquitecto que diseñó los grandes edificios del nazismo no eludió su responsabilidad, pese a que no tuvo cargos vinculados a las campañas de exterminio. «Sentí llegar esta guerra. Intenté sin éxito asesinar a Hitler en 1945», decía. «La historia demostrará que estos juicios eran necesarios». Y reconocía que haber aceptado un cargo (el de ministro de Armamento y Munición) le convertía en «culpable. Es un hecho que el Gobierno de Hitler era un Gobierno criminal. También se me hizo formar parte en la utilización de mano de obra forzada». La guerra cambió su vocación: «Yo era arquitecto, pero después de 1942, cuando Hitler me nombró jefe de producción, me empezó a interesar más la fabricación de armamento que la arquitectura». A comienzos de la primavera de 1945 aconsejó a Hitler que se rindiera. Pero él quería «seguir luchando hasta que cayera el último alemán».

Speer fue condenado a veinte años de prisión.

«Eres tú quien ataca primero»

C. C. / LA VERDAD

La elusión de responsabilidades es tan manifiesta en la mayoría de los casos que llaman la atención aquéllos que no han abdicado de las ideas que les llevaron a la cúpula del Gobierno. Es el caso de Ernst Kaltenbrunner, director de la Oficina Central de Seguridad del Reich a partir de 1943, que se adelanta en varias décadas a la hora de teorizar sobre la guerra preventiva. «Si gracias a tus servicios de espionaje o a la traición, averiguas que tu adversario tiene intención de atacarte y entonces eres tú quien ataca primero, en este caso tú sigues siendo el defensor, no el agresor (...) Por lo tanto, el cargo de conjura o agresión queda desbaratado definitivamente».

Idéntica teoría, en el fondo, es la que defiende Otto Ohlendorf, jefe de seguridad de la misma Oficina. Preguntado si también era un enemigo un niño judío de seis meses y por tanto debía ser asesinado, responde: «En el niño vemos al adulto». La guerra preventiva llevada al extremo.

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