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Tienen la palabra (1)

Para legislar es preciso debatir, y el único debate posible es aquel en el que la palabra se alza libre. Alguien ha dicho que el mayor triunfo de la democracia es la palabra en libertad. No en vano el gran templo de la democracia es el Parlamento, es decir, el lugar en el que se habla.

En un régimen de libertades no puede faltar la discusión oral y el discurso político confrontado. No es suficiente con dictar normas y leyes: hay que saber expresarlas y defenderlas. Los políticos más elocuentes, los que mejor han sabido, con su oratoria, encandilar a sus compañeros de tribuna, son los que han pasado a la historia como los políticos más memorables.

Luz sin taquígrafos

En España, la oratoria política surge en las Cortes de Cádiz. En aquella asamblea de entusiasmados patriotas y liberales convencidos, se había hecho la luz del debate parlamentario. Pero era una luz de breve existencia que se extinguía una vez resonaba en el hemiciclo. Faltaban los taquígrafos, que fijasen para la posteridad cuanto se debatía en el Parlamento.

 

En las Cortes de Cádiz surge la oración política española. Los taquígrafos estaban ya allí para recoger fielmente lo que se debatía.

La lectura de un proyecto de ley podía suscitar un interés muy distinto según la envergadura del mismo Óleo de Asterio Mañanós.

Los parlamentarios pronto se pusieron de acuerdo respecto a esa necesidad, y la taquigrafía, que contaba con muy pocos años en nuestro país, se hizo un hueco en el Parlamento.

La taquigrafía llega al Parlamento



No es suficiente con dictar normas y leyes;
en el Parlamento hay que expresarlas y defenderlas.

Ya había luz con taquígrafos, y los debates fueron recogidos en el Diario de Sesiones con toda la riqueza verbal en la que se desarrollaban. Corría el 16 de septiembre de 1810, nunca más se celebró una sola sesión parlamentaria sin taquígrafos que recogiesen fielmente cada debate, por intrincado y arduo que fuese. La mesa de los taquígrafos y la tribuna de prensa serían desde entonces una constante en nuestro Parlamento.

Desde el comienzo de la escritura, el ser humano había intentado recoger la palabra hablada por medio de abreviaturas. La naciente taquigrafía era un método revolucionario que permitía, asignando fonemas a las voces, recoger un discurso a la velocidad a la que se hablaba. Procedente de Inglaterra, donde había comenzado a finales del siglo XVIII, el revolucionario invento fue adaptado al español por José Martí, natural de Játiva. Como él mismo subtituló uno de sus manuales la taquigrafía es el «Arte de escribir abreviado, siguiendo las palabras de un orador o la conversación viva de dos personas».

El salón de sesiones a comienzos de siglo presentaba todavía esta imagen de bancos corridos en los que los diputados podían aspirar a una intimidad muy escasa Tampoco eran muchos los medios de que disponían en sus escaños: pupitre, tintero y pluma, un cajón para guardar la documentación y un hueco para el sombrero. El instrumento de comunicación más sofisticado era un timbre con el que podían llamar al ujier.

Los discursos más incendiarios, la polémica, las réplicas y contrarréplicas, las intervenciones simultáneas y hasta los chascarrillos y murmullos procedentes de los escaños podían ser recogidos en toda su salsa por estos avezados taquígrafos que desarrollaban su labor en situaciones casi heroicas.

Una condiciones tan precarias que pequeños avances como la llegada del papel satinado, que permitía un mejor deslizamiento del lápiz sobre su superficie, o el de la pluma estilográfica, que ahorraba tiempo ya que no había que entintarla continuamente ni afilar su punta como a los lapiceros, eran recibidos con alborozo. No digamos ya la máquina de escribir, la estenotipia o el ordenador, pero a estos revolucionarios inventos aún le faltaban muchos años para ser inventados cuando nuestros primeros parlamentarios debatían en Cádiz.

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