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Tienen la palabra (3)



Aunque tradicionalmente sede de debates
menos enconados que los del Congreso
de los Diputados, el Salón de Sesiones
del Senado ha sido testigo también de
intensos debates.
Una vista de sus miembros a comienzos
de siglo según óleo de Asterio Mañanós.

La figura del taquígrafo llegó a hacerse tan familiar en las Cortes que, cuando, en 1902 Sagasta improvisa un breve discurso ante un Alfonso XIII a punto de alcanzar su mayoría de edad, María Cristina comenta: «Lástima que no hubiera un taquígrafo para tomar íntegro tan precioso discurso».

Pocos años después, en 1908, se produciría entre los encargados de redactar el Diario de Sesiones una auténtica revolución que sumiría sus dependencias en un bullicio casi insoportable: había llegado la máquina de escribir, y con ella el final del silencio en las dependencias. Hoy, doscientos años después de implantarse su uso, la taquigrafía y los taquígrafos forman parte del escenario parlamentario de una forma tan inamovible como los propios escaños o los leones que flanquean la entrada a las Cortes.

Parlamentarios como Maura, Vázquez de Mella, Alcalá Zamora, Melquíades Álvarez o la acerada voz y sólida argumentación del murciano Juan de la Cierva hicieron que la palabra volase alto en la Cámara en distintas épocas.

Exordios y peroratas

Eran unas Cortes en las que se hablaba mucho, quizás en exceso, y en las que a menudo se discutía poco, algo a lo que contribuía la falta de limitaciones en el uso de la palabra y en el derecho a intervenir bajo cualquier pretexto, lo que propició que hubiese sesiones inacabables. Una de ellas fue la de mayo de 1893, que se prolongó durante 56 horas de discursos ininterrumpidos, produciendo un millar de páginas del Diario de Sesiones.

Cuentan las crónicas que llegaron a producirse casos en los que, tras expresar un diputado que nada tenía que añadir a lo anteriormente expuesto, comenzaba una perorata de dos horas sin añadir nada nuevo.

Sucesos como estos serían los que dieran lugar a duras críticas contra lo inútil de los debates parlamentarios a través de las crónicas inmisericordes de representantes del nuevo periodismo parlamentario, como Azorín o Wenceslao Fernández Flórez. Los políticos se convirtieron en frecuente diana de una prensa que giraba entre la crónica y la sátira, pero, pese a ello, su importancia era ya enorme en el Parlamento. Su presencia era considerada tan crucial que no faltaron quienes renunciaron al turno de palabra al observar que la tribuna de prensa estaba vacía.

   

Emilio Castelar, fallecido en San Pedro del Pinatar, tradicionalmente considerado el mejor orador del parlamentarismo español, era hombre de una extraordinaria cultura.

Cánovas del Castillo, el «Monstruo», dominó la tribuna política como pocos.

Casi tan importantes como el salón de sesiones eran otras dependencias de las Cortes en las que tenían ocasión de relacionarse los diputados. Aspecto, a comienzos del siglo XX, del pasillo del «Orden del día», al que se daba ese nombre porque en él se anunciaban los trabajos parlamentarios de cada jornada
.

El lirismo, quizás excesivo, suele estar presente en unos discursos, que a menudo comienzan con largos circunloquios. Aún se está lejos de la oratoria contemporánea, más directa y basada en datos contrastados y hasta estadísticos. Pero el auditorio todavía pide ese lenguaje, y se entusiasma fácilmente con las largas peroratas.

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