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          12. QUE INVENTEN ELLOS. Páginas [1] [2] [3]

Que inventen ellos (3)



Juan de la Cierva y Codorníu en 1923.

Cuando nació el ingeniero Juan de la Cierva y Codorníu en Murcia, en septiembre de 1885, su padre era alcalde de la ciudad, uno de los primeros cargos públicos de este político. Cierva y Peñafiel llegó a ocupar cinco carteras ministeriales distintas y el puesto de Gobernador Civil de Madrid, razón por la cual, en 1905, Cierva y Codorníu se trasladó junto a su familia a esta ciudad tras haber cursado el bachillerato en el Instituto Alfonso X el Sabio de la capital.

En 1919 Cierva y Codorníu consiguió el título de ngeniero de Caminos, Canales y Puertos, una carrera cuyos estudios había relegado a un segundo plano en numerosas ocasiones por su gran pasión: profundizar en los estudios de aeronáutica. Durante la década de los 10, la Cierva construyó diversos prototipos de aeroplanos que presentaban innovaciones técnicas respecto a los existentes en su tiempo, pero diversos problemas en sus aterrizajes le impulsaron a investigar en lo que quedaría como su gran aportación a la ciencia aeronáutica: el autogiro, una máquina voladora capaz de despegar y aterrizar en vertical y cuya estabilidad no se viese afectada por la falta de velocidad. Se trataba de un invento revolucionario que no presentaba alas fijas, sino giratorias.

Es fácil suponer la sorpresa de los primeros huertanos murcianos que presenciaron el primer vuelo de prueba de un autogiro, que salió volando desde la finca familiar de Torre Cierva. La prueba no fue precisamente un éxito, pero en los siguientes años introdujo en su invento sucesivas mejoras realizadas en Gran Bretaña y Estados Unidos.

En 1928 realizó el primer vuelo en autogiro entre París y Londres, y un año después efectuaría la travesía del Canal de la Mancha. En 1934 conseguiría volar entre Valencia y Gran Bretaña. Su invento quedaba así plenamente consolidado.

La Cierva murió en 1936 sin poder ver la aplicación de su invento al helicóptero, un aparato que, de haber vivido, probablemente hubiese podido realizar sin problemas.

Curiosamente, él, que dominó como nadie los secretos de la aeronáutica, murió en 1936 víctima de un accidente aéreo en un avión de pasajeros que se estrelló en las cercanías de Londres, donde se había desplazado para intentar conseguir armas para el bando nacionalista, levantado en armas contra la República unos meses antes. Su muerte parecía una burla del destino, toda vez que el autogiro había demostrado sobradamente ser mucho más seguro que ningún otro aeroplano.

Su fallecimiento dejaba a España huérfana del científico más importante de su época y el que había recibido más distinciones, entre ellas la Medalla de Oro Guggenhein, que recibió un emocionado la Cierva en Chicago, ante miles de ingenieros de todo el mundo por haber aportado la mayor contribución de la época a la seguridad del vuelo en aeroplano.



Travesía del canal de la Mancha. Llegada a Le Bourget, 18 de septiembre de 1928.

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