Antes
de formarse el Mar Menor, cuando aún era una bahía abierta
al Mediterráneo y los bosques de encinas y cipreses llegaban
hasta la orilla del mar, el hombre neolítico cazaba por ese
frondoso Campo de Cartagena, recolectaba mariscos y pescaba
libremente. Prueba de ello es el yacimiento arqueológico de
«Las Amoladeras», entre Cabo de Palos y la entrada a La Manga.
Este poblado del Bronce I estaba asentado curiosamente al
borde del mar, ya que aún no se había formado La Manga en
esa época. Atrevidos fueron estos antepasados nuestros de
hace 4.500 años, que en rústicas embarcaciones se cruzaron
de isla en isla en busca de pesca y marisco, asentándose temporalmente
en ellas. 
Se
han encontrado piezas de sílex tallado en estos volcanes.
El litoral, aun así, estuvo poco poblado porque también merodeaban
por sus bosques panteras y otros animales carnívoros peligrosos.
Pero los íberos, unos siglos después, ya estaban asentados
en la zona y comerciaban además con un pueblo que, venido
por mar, les enseñó muchas cosas nuevas. Eran los fenicios,
que trajeron especias, tejidos, cerámica y vidrio. Los fenicios
descubrieron en nuestras costas la riqueza mineral y pesquera
y, gracias a su interés comercial, esta transculturación benefició
a los íberos peninsulares, antiguos habitantes de estas tierras
españolas. Tras la destrucción de Tiro, en el año 559 a.C.,
los Cartagineses se hicieron con el litoral murciano y sus
minas de plata y plomo. Sus factorías de salazones y la industria
del esparto fueron también las mayores riquezas de sus dominios
entre Cabo de Palos y Cartagena. Posteriormente, ya en la
dominación romana, distintos pueblos antiguos de la zona se
agregaron al Imperio y muchas familias nobles se asentaron
en la ciudad de Cartagena (la ciudad más antigua de la Región),
convirtiéndola en una de las ciudades más importantes y prestigiosas
del Imperio. Del latín proceden topónimos del Mar Menor como
«Statio»-Estacio, o «Palus»-Palos, que significa Laguna. El
Cabo de La Laguna es el Cabo de Palos.El derecho de conquista
o capitulación fue modificando la división administrativa
de los pueblos hispanos - romanos - visigodos, hasta que también
los musulmanes, desde el año 711 d.C., se fueron adjudicando,
por derecho y sin violencia, las tierras conquistadas a los
anteriores dominadores.
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La relación cristiano-musulmana se llevó a cabo en el Mar Menor
con el respeto de culturas y religiones. Sólo los enfrentamientos
e intereses de otros reinos de la Península llevaron a ocasionar
disputas entre ellos. Tanto fue así que hasta el medio físico
se vio afectado, como ocurrió en el año 1081, en que Alfonso VI
mandó a García Jiménez desde Aledo para que arrasara la comarca
del Campo de Cartagena, quemando no sólo las casas y tierras de
los musulmanes, sino también los bosques donde vivían, ocasionando,
así, el proceso de desertización de la zona. Viene luego la entrega
de las tierras por parte del Emir de Murcia a Alfonso X el Sabio
y en nombre del rey castellano Fernando III el Santo, quien entra
en Murcia en el año 1243. Las rebeliones consiguientes de los
musulmanes obligaron al suegro de Alfonso X a intervenir sobre
la posesión de las tierras del Mar Menor, y las sangrientas luchas
hicieron huir a los árabes por temor a nuevas represalias. De
nuevo, se repite la historia. Los nuevos pobladores de las tierras
abandonadas tomaron posesión por derecho de las tierras conquistadas.
Sólo en los lugares más recónditos se respetó la propiedad de
los antiguos pobladores, claro está, bajo el acatamiento de las
leyes cristianas. Sin embargo, el Mar Menor permaneció casi despoblado
en los siglos xiii al xv, por miedo a las frecuentes incursiones
de piratas berberiscos. Tanto es así, que las Salinas de San Pedro,
que se habían comenzado a explotar, fueron abandonadas por falta
de mano de obra que quisiera habitar en la zona. Entonces, la
explotación salinera se compensaba con la zona salitrosa de Sangonera,
cercana a Murcia. Para remediar esto, se construyeron torres defensivas
en el litoral, donde, en caso de peligro, se encendían fogatas
que transmitían así hasta Murcia la necesidad de ayuda. Las principales
torres estaban en Los Alcázares, El Rame, El Albujón, El Pinatar,
El Estacio, etc. En cinco horas se sabía en la capital del peligro
de piratas y se corría en defensa de pescadores y campesinos del
litoral. También se construyeron casas-fortaleza donde refugiarse
y sobrevivir al asalto, de modo que fue así cómo alrededor de
éstas se fueron reuniendo familias estables y formando caseríos
de pescadores, campesinos y mineros. Es el comienzo de los primeros
pueblos del Mar Menor (siglo xv) y de la transformación definitiva
del Campo de Cartagena. La agricultura y el pastoreo se convierten
en actividades estables entre la población, construyéndose molinos
de viento que extraen el agua de pozos para el regadío, también
molinos salineros y para moler el trigo. En el último siglo, la
transformación del paisaje ha sido definitiva y ha aparecido la
mayor de las atracciones en la zona: el turismo. |