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Sierra Espuña fue y es célebre. Hoy no tanto por sus delgadas aguas o su abundancia de nieve, ambas cosas escasas como se sabe, pero sí por su diversidad ambiental, sus paisajes, su historia, sus gentes y, sobre todo, la demanda de sus pinares para el ocio. Sierra Espuña es el emblema de la naturaleza regional, posiblemente el espacio natural más visitado y conocido de esta Comunidad después del litoral.

Para empezar, pocos bosques de la Región pueden alardear de tener una historia contemporánea tan interesante y documentada como Sierra Espuña. Todo comenzó hace unos cuantos miles de años, allá por el Paleolítico. La abundancia de abrigos y cuevas ofrecía un buen refugio para los primeros homínidos que, en busca de territorios cálidos y con alimento, recorrieron esta zona. Cacerías de elefantes, rinocerontes o linces debieron suponer un aporte nutricional importante para el hombre de Neanderthal y, más tarde, el de Cromagnon, con un clima más húmedo, encontró una tierra rica en renos y bisontes.

Durante el Neolítico medio y el Eneolítico (entre 2.000 y 3.000 años antes de Cristo) el desarrollo de la agricultura y la ganadería hicieron posible que los valles más húmedos y cálidos contasen con varios asentamientos humanos. Los poblados se instalan en cerros de mediana altura, dominando los fértiles valles de la periferia de la Sierra. Con la llegada de los árabes en el año 713 de nuestra Era surgen importantes poblados fortificados: Aledo, Alhama, Pliego y Mula. Tras la Reconquista la población abandonó las plazas fortificadas para dedicarse intensamente a la agricultura, ganadería, leñeo, carboneo, etc. Los siglos siguientes marcan un período de intenso aprovechamiento de los recursos naturales de la Sierra y se suceden las más importantes deforestaciones de sus montes. La actividad socioeconómica en Espuña es importante, más aún cuando a finales del siglo XVI comienzan a construirse los primeros Pozos de la Nieve, los antiguos frigoríficos, en los que durante el invierno se almacenaba nieve para producir hielo durante el verano. Distribuidos entre los 1.100 y 1.400 metros de altitud, hoy las ruinosas 26 construcciones existentes, paradójicamente declaradas como Bien de Interés Cultural desde 1986, constituyen uno de los complejos arqueológicos industriales más valiosos de los montes mediterráneos.

En la segunda mitad del siglo XIX el estado de la masa forestal de Espuña es tétrico: el suelo fértil es escaso y del antiguo bosque de carrascas y pinos contados ejemplares se distribuyen por la Sierra. Las características lluvias torrenciales del clima mediterráneo imponen su dominio en forma de inundaciones, de entre las cuales se hizo famosa la acaecida en 1879, la de Santa Teresa. Los desastres de ese período actuaron como detonante de un acelerado trabajo por corregir la situación y fue así como, hacia 1891, se iniciaron las primeras tareas de repoblación forestal de Sierra Espuña. Decenas de obreros, numerosas bestias, cientos de trenques, muretes, diques, de kilómetros de sendas y caminos y, por supuesto, hoyos, surcos, semillas y plantones, sirvieron para cubrir casi 5.000 has. de bosque y matorral. Un siglo después nosotros lo disfrutamos. Una valiosa herencia con nombre propio, el de Ricardo Codorniu, aquel ingeniero de montes, incansable y firme defensor de la naturaleza, que con gran conocimiento e intuición dirigió aquellos trabajos. Gracias a él y a todos sus colaboradores, hoy Sierra Espuña es, a nivel europeo, todo un modelo de restauración hidrológico-forestal.

 

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