Publicado en LA VERDAD el 23 de septiembre de 2006
 
 
 



Una reflexión sobre violencia de género

Foto
UNA MUJER MALTRATADA MUESTRA SUS BRAZOS LLENOS DE HEMATOMAS. / LV

ENCARNA MARTÍNEZ

SÁNCHEZ/ FELIPE

HERNÁNDEZ HERNÁNDEZ

ENFERMERA Y ANTROPÓLOGA/

PSICÓLOGO CLÍNICO


Cada vez más, la sociedad en su conjunto se preocupa del problema de la violencia de género. Saludan con ilusión las decisiones del Parlamento que legislan una mejor defensa de las mujeres y ven cómo se ponen, en manos de la policía, instrumentos que permiten intervenir de forma más rápida y eficaz en el cumplimiento de su tarea: proteger a las personas y, sobre todo, a las que corren mayor riesgo.

La cascada permanente de mujeres asesinadas nos está dejando al descubierto algunas cosas sobre las que nos gustaría reflexionar en voz alta, sin la menor intención de criticar a nadie, ni de dar lección, ni de tener la fórmula mágica que consiga dejar en residual esta lacra social que a todos nos preocupa y nos avergüenza, como miembros de la especie humana que somos, capaces de pensar y resolver nuestras diferencias sin tener que llegar a quitar la vida a otra persona.

Sin duda que el desastre humano que produce tales hechos nos ha acelerado en la búsqueda de soluciones rápidas, de recursos humanos y económicos que sean capaces de paralizar tanta animalidad, tantos hechos irracionales. En definitiva, a tantos enfermos que hasta la fecha no nos hemos puesto de acuerdo en diagnosticar y, sobre todo, en tratar de forma preventiva y curativa en el peor de los casos.

Partimos de la teoría de que estamos ante enfermos que en el cénit de su enfermedad, y ante ciertos hechos que se juntan de una forma más o menos aleatoria, ponen en acción el mecanismo brutal de agredir mortal a otra persona, sin tener la habilidad social de encontrar una alternativa más justa y humana para resolver sus diferencias (económicas, emocionales, custodia de hijos, amor propio, machismo, etc.).

Hasta aquí todos estamos de acuerdo, y es lo que en definitiva aflora en las conversaciones de la calle. Abocados a un sentimiento de impotencia y de amargura, que en definitiva no soluciona nada y nos deja el sabor amargo y la creencia de que sobre ese asunto no podemos hacer nada más que resignarnos o proponer alguna solución peregrina de exterminio de este sector de la sociedad, para escarmiento.

Sigamos avanzando en nuestra reflexión sobre el mundialmente famoso problema de la violencia de género. Se da en todos los países, sin diferencia por su nivel de desarrollo económico, de régimen político o creencia religiosa. Parece ser que el buen nivel cultural de las personas las aleja un poco del uso de estos métodos violentos contra el sexo contrario y tienen más facilidad para buscar alternativas más saludables para resolver conflictos.

Lo dicho hasta aquí parece evidente y es conocido por la mayoría de la sociedad. Existen estadísticas sobre el número de mujeres asesinadas, sobre las profesiones de los asesinos, el número de denuncias realizadas por las víctimas, la efectividad de las medidas de alejamiento de los asesinos, la diligencia de los sistemas judiciales. Pero cuando terminamos de leerlas volvemos a caer en el mayor de los desesperos y nos situamos de nuevo en la entrada del negro túnel de un fenómeno incomprensible y aterrador del que nos gustaría salir.

Quizás la prisa, la necesaria prisa, nos está ocultando el verdadero foco de contagio de esta enfermedad. El virus endiablado y mutante que se inocula en muchísimas personas, mayoritariamente hombres, desarrollándose en algunos de forma benigna y en otros de forma irresoluble y brutal, hasta la muerte de todo lo que pilla a su paso, dejando desolación y dolor en su entorno.

¿Os suena el vocabulario machista y sexista desde los primeros años de la escuela? ¿El espíritu de sometimiento que predican todas las religiones de la mujer hacia el hombre, -’de una costilla del hombre hizo a la mujer’, ‘la mujer induce al pecado al hombre’, ‘mujer, pata quebrada y en casa’, ‘el honor familiar justifica el asesinato de la mujer’, el burka, los velos... Se vuelve a separar a los chicos de las chicas en los colegios para que rindan más. ‘Se ponen mini falda para provocarnos’ y los jueces lo ven como atenuante?

Podríamos seguir en nuestro entorno cultural buscando citas y actitudes que han sido y siguen siendo caldo de cultivo para la mente del hombre desde su más tierna infancia. Todo esto, alimentado por una sociedad violenta y falta de habilidades sociales frente a los conflictos diarios, es una de las fuentes más visibles de las conductas violentas adoptadas por los hombres asesinos-enfermos/ enfermos-asesinos, que este año ya superan los cincuenta y cinco. En todo momento nos referimos a nuestro entorno cultural y geográfico, dejando de lado el mundo islámico, al que se puede acceder desde el maravilloso libro de Ayaan Hirsi Ali ‘Yo acuso’.

Quién no sabe un chiste en el que lo protagonista es la idea despectiva de la mujer, su permanente histeria, su facilidad para bajarse las bragas o su afición al ‘puterío’. Todo esto, con la mayor naturalidad; incluso lo contamos delante de las mujeres y ellas, por deseo de agradar o llevadas por la corriente, son las primeras en corresponder con la carcajada o una sonrisa.

Éste u otros muchos hechos han ido generando un constructo social que de forma diferente se va inoculando en los hombres y en algunos de forma dramática, hasta que lo ponen en práctica con su compañera y con sus hijos, acabando generalmente en el sacrificio sobre el altar de la casa, de la calle bajo el impacto de alguna escopeta de caza, sublime ofrenda a la estupidez.

No queremos terminar esta reflexión sin proponer alguna alternativa, por si sirviera de algo. Tenemos claro que las medidas judiciales y policiales existentes no sirven, porque nos enfrentamos a enfermos descodificados, con la clarividencia de que su ofensa se limpia con la muerte de ambos, sin duda y sin alternativa posible. El tratamiento en la última etapa es ineficaz y estéril, la eficiencia de los recursos es nula. Precisamos seguir protegiendo a las mujeres hasta que esto cambie. Pero, el camino eficaz, aunque a medio y largo plazo, es otro más complejo y multidireccional.

La escuela debe ser un eje de intervención primario e insistente. No se puede permitir la violencia ni física ni psíquica de los chicos hacia las chicas, ni si quiera justificarla con que son cosas de niños, que ellos deben resolver. Hay que darles habilidades sociales saludables y democráticas. Hay que establecer el Mediador de Conflictos de forma institucional, por el que hay que pasar ante cualquier diferencia de opinión y el que no lo utilice debe ser desacreditado aunque tenga la razón. Tolerancia cero con la violencia.

La familia debe desembarazarse de todos los prejuicios y estereotipos sociales acumulados en los últimos siglos y empezar a tratar a las hijas igual que a los hijos: misma libertad, posibilidades, vocabulario, horarios, cariño, etc. Las religiones deben superar todos sus traumas sexuales, su fobia a la mujer como centro de todos los males que le pasan a la sociedad. Cambiar el vocabulario y la actitud en todo lo que se relacione con ellas y entrar en una vía de democratización e igualdad, que facilite su participación en ritos, debates, responsabilidades.

Los ayuntamientos podrían establecer escuelas de padres, donde se trabaje este espíritu de igualdad y de respeto que genere otra forma distinta de relacionarse, de mirarse, de abordar las diferencias incluso en el estadio del matrimonio, con papeles o sin papeles. Asumiendo que formamos proyectos empresariales con tintes de mucho cariño, pero que, en caso de graves diferencias, nos repartimos las acciones de la empresa y cada uno por su lado. Se acabó el sentido de propiedad humana y de pertenencia, amasado por una serie de afectos que diabólicamente desfiguran la realidad y los sitúa al borde la locura.

Los especialistas están al servicio de personas que cuando inician el paso de la raya roja deberían usar sus servicios y reconducir sus conductas antisociales, antes de que el maltratador sea irrecuperable.

Todo esto va a requerir una gran capacidad de toma de decisiones por parte del que se siente maltratado (mayoritariamente la mujer), y aconsejar si es posible antes de denunciar ante los primeros indicios de falta de respeto democrático, que se ponga en manos del especialista, psicólogo y/o mediador para reconducir la situación inmediatamente.

Estamos ante una enfermedad que debe ser tratada de forma preventiva. Primero educando en habilidades sociales, costumbres democráticas y de igualdad, y segundo corrigiendo desde la más temprana edad cualquier síntoma de violencia, de desprecio o de falta de respeto hacia el otro sexo. Manos a la obra, es cosa de todos.



 


 
 
© La Verdad Digital S.L.U.
C/ Camino Viejo de Monteagudo, s/n. 30160 - Murcia.
Teléfono: 968 36 91 00. Fax: 968 36 91 11
lectores@laverdad.es