Especial Terror en Estados Unidos

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Especial Terror en Estados Unidos

Terrorismo en estado puro

ANDRES MONTERO GÓMEZ / PRESIDENTE DE LA SOCIEDAD ESPAÑOLA DE PSICOLOGIA DE LA VIOLENCIA

Los atentados en EE UU nos retrotraen a los momentos más álgidos del terrorismo que sacudía Europa y Oriente Próximo en los sesenta y setenta, décadas donde germinaban las señas de identidad de muchos de los grupos que aún subsisten. Las acciones terroristas suicidas contra edificios significativos en Nueva York y en Washington poseen la impronta criminal del simbolismo más puro que alimenta la realidad paralela oculta tras la justificación mental de todo terrorista. En esta última masacre, la simbología del terrorismo y la manipulación de la realidad para servir a su propia causa se han expresado de la manera más pura y, por tanto, más violenta y deshumanizante para las víctimas.


Una de las claves del terrorismo es la consideración de la víctima a la que golpea en primera instancia un atentado como un objetivo simbólico que representa al blanco real hacia donde pretende proyectar el impacto de su acción criminal. Este ataque múltiple está, en ese sentido, altamente cargado de simbolismo. Los edificios atacados, el World Trade Center y el Pentágono, son imágenes que evocan a los poderes financiero y militar del país; la bomba contra el Departamento de Estado ataca el centro de diseño de la política exterior norteamericana.

Por su parte, la utilización del secuestro para instrumentalizar los atentados, asociándolo a la captura de aviones de líneas aéreas estadounidenses, pretende difundir el mensaje de que el terrorista puede infiltrarse en uno de los sistemas de seguridad más sensibles del mundo ­las líneas aéreas de EE UU, junto a las israelíes, son las que dedican mayores esfuerzos a la seguridad­ para atacar desde su mismo seno. Además, en el universo simbólico del grupo terrorista, la implementación de los secuestros y el hecho de lanzar aviones americanos contra blancos americanos encierran, por identificación lineal, la lógica maquiavélica de que las acciones de la política exterior de EE UU pueden volverse, ellas mismas, en su contra.

Esta última consideración, la vinculación con la política exterior estadounidense, constituye la línea directriz en el simbolismo de estos atentados, situando su epicentro en la presencia de EE UU en el núcleo de las negociaciones de paz en Oriente Próximo. Recientemente, argumentaba cómo la política de eliminaciones selectivas de Israel y la dinámica en espiral de la violencia en la zona podrían ocasionar una polarización involutiva de los diversos grupos antisemitas contrarios al proceso de paz con Israel, que desencadenaría una emergencia de los grupos extremos como la Yihad y Hamás y el refuerzo de la identidad de estos grupos violentos con expresiones de autoafirmación a través de atentados.

El conflicto palestino-israelí no sólo constituye el escenario para la construcción de la identidad de los grupos terroristas residentes, sino el espejo donde se alimenta la identificación simbólica de bandas de raíz integrista en el mundo árabe, que consideran la cuestión palestina un eje para racionalizar el sentido de su violencia. El conflicto en Oriente Próximo acciona los mecanismos de identificación de estos grupos en el exterior de Palestina, generando en ellos la misma dinámica de radicalización y necesidad de autoafirmación violenta.

También es destacable la introducción de un factor estratégico que trasluce un alto grado de estructuración en la planificación terrorista para este atentado múltiple: la oportunidad. Septiembre es el aniversario de la firma de los acuerdos de Camp David, que bajo patrocinio estadounidense ponían fin en 1978 a las hostilidades entre Egipto e Israel.

Estos días se discute el diseño del mejor escenario para un encuentro entre Arafat y Peres para desacelerar la espiral de violencia en Oriente Próximo. La ofensiva terrorista contra EE UU, a través de un ataque directo contra símbolos representativos de su poder internacional y de su papel en las negociaciones de Oriente Próximo, persigue no sólo desestabilizar las vías hacia soluciones diplomáticas sino reafirmar hacia sus extremos la identidad radical de los terroristas contrarios a la paz simbolizada en los acuerdos de Wye y en el Informe Mitchell, denominaciones ambas, no casualmente, de nombre estadounidense.

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