Especial Terror en Estados Unidos

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Especial Terror en Estados Unidos

Postmodernidad terrorista

ENRIQUE VÁZQUEZ

Estados Unidos, que ganó dos contiendas bélicas mundiales en el siglo XX, emergió como la única superpotencia tras vencer también en la 'guerra fría' y se dispone a desplegar un escudo anti-balístico que remite a la ciencia-ficción, no ha podido impedir que los símbolos de su poder institucional, militar y financiero hayan sido alcanzados por el mayor atentado terrorista de la historia, con cientos de muertos, devastación psicológica y gravísimas consecuencias políticas potenciales.

Un grupo terrorista en principio desconocido, demostrando una eficacia y una audacia sin precedentes, secuestró aviones de línea, los convirtió en bombas volantes contra las 'Torres Gemelas', en Nueva York, o el Pentágono, en Washington, y se preocupó de que todo eso pudiera ser televisado (eso explicaría el horario escogido y las pausas entre las diversas explosiones).

Entre apocalípticos e integrados, los suicidas que pasaron a la acción son, además de un residuo del fanatismo de un signo que se sospecha pero nadie confirma, hombres muy de este tiempo: inauguran el siglo XXI con una exhibición sobre la imprevisible vulnerabilidad de la gran potencia. Y está claro que no buscaban un objetivo sólo o principalmente militar, sino esencialmente simbólico: haciendo que se viera cómo eran abatidas las 'Torres Gemelas' se enviaba un fuerte mensaje al mundo occidental. «Todo se viene o puede venirse abajo», parecen decir.

Pero no es el bien teorizado ­y poco exacto­ tigre de papel, como bautizó Mao Zedong al capitalismo, de lo que se trata. La envergadura del show terrorista se atenía a una cierta postmodernidad que tiene en la difusión instantánea de un mensaje contundente, único, inteligible y decisorio su misión. El gran dragón era alcanzado y seriamente herido en una atmósfera de estupor: lo imposible se hacía realidad.

La elección de los objetivos es, en este orden, ejemplar. El modelo capitalista y comercial se expresa en las 'Torres Gemelas' de manera inigualable y el Pentágono, parcialmente destruido, es el corazón del poderío militar de Estados Unidos y, supuestamente, una fortaleza inexpugnable. El esquema imaginado por un aficionado cualquiera (secuestrar un avión y hacerlo caer sobre el blanco) es el que, increíblemente, ha sido puesto en práctica.

La seguridad preventiva falló tan estrepitosamente que se da por hecho que la jornada tendrá graves consecuencias políticas en el escenario interior. Y la Casa Blanca podría no librarse de ellas: el espectáculo del presidente Bush recorriendo el país de base en base y sin regresar a la capital (¿por sugerencia del gabinete de crisis encabezado por el vicepresidente Cheney? ¿se temía por su vida?), con todos los vuelos cancelados y las fronteras cerradas, el tono de desorganización cercana al caos recordaba las horas siguientes a un bombardeo convencional.

El choque emocional y psicológico y la solidaridad con el pueblo (cientos de civiles desarmados muertos como eco de algún conflicto lejano y no identificado, aunque previsible) ganaron la partida informativa ayer a lo puramente político: a falta de una atribución segura y fiable, y pese a que todas las miradas se dirigen hacia el Oriente Medio y la estrecha alianza de Estados Unidos con Israel, el público y los medios se concentraron en la tragedia humana, el choque moral inherente a la incredulidad de saberse tan vulnerables y a un conato de especulación sobre la conducta del Gobierno.

En este contexto, las menciones de la sedicente locura terrorista sólo corresponden a necesidades litúrgicas próximas a lo políticamente correcto: los terroristas no sólo no han obrado como locos, sino, muy al contrario, su terrible crimen de ayer acredita destreza táctica y mucha información. Una cordura que apunta en seguida a Osama Bin Laden: este hombre, con muchos atentados anti-norteamericanos a sus espaldas y cuya cabeza tiene precio para la CIA (cinco millones de dólares ­más de 900 millones de pesetas­), tiene muchos boletos en esta rifa.

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