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Un
mundo sin límites
IÑAKI
ESTEBAN
El libro
comprado en el aeropuerto, la película vista en el avión,
se han convertido en pavorosa realidad. Es como si el guión
se nos hubiera ido de las manos, como si algún loco dispuesto
a lo peor hubiera tomado las riendas del argumento y se empeñara
en rematar un final inaceptable para un público aterrorizado,
que desea huir y no puede.
En la tragedia
que aún vive EE UU, se han unido los tópicos más
sobados de la literatura y el cine. Los secuestros de aviones,
el ataque indiscriminado por aire, la obsesión norteamericana
con el peligro de la invasión, extraterrestre o soviética,
temas que han nutrido 'best-sellers', grandes producciones cinematográficas
e infinitas películas de serie B.
Cuando la Unión Soviética pasó a mejor
vida, el escritor Tom Clancy renovó su almacén
de enemigos. En 'Deuda de honor', un industrial japonés
planea vengar a sus padres, muertos en la Segunda Guerra Mundial,
mientras los iraníes diseminan el ébola por Estados
Unidos. Un piloto suicida nipón cae con su avión,
un 747, sobre el Capitolio, matando al presidente, congresistas
y miembros del Tribunal Supremo.
Su siguiente novela, 'Órdenes ejecutivas', comenzaba
con esa misma escena, pero el héroe de Clancy, Jack Ryan,
ponía las cosas en su sitio. El medio, el avión
suicida, y el objetivo, un edificio simbólico de Estados
Unidos, se repiten en los argumentos de Clancy y en la primera
gran tragedia del siglo XXI, que tanto se parece al precedente.
En 1993,
un terrorista supuestamente islámico ya atentó
contra las 'Torres gemelas'. Cinco años más tarde,
la película 'Estado de sitio' retomaba la amenaza integrista
al edificio, sólo que esta vez Denzel Washington salvaba
a la patria del desastre. En la primera versión de 'King
Kong', la de 1933, el primate destruía a manotazos el
Empire State. En la versión de 1976, la emprendía
con el edificio más alto del mundo, el World Trade Center.
Tomarse
una novela en serio se ha considerado síntoma de infantilismo
o de locura, como la de Don Quijote, como la de otros locos
mucho más peligrosos. Pero ya no tiene sentido la vieja
polémica sobre si la realidad imita o supera a las obras
de la imaginación. Los dos polos se retroalimentan. El
suceso se transforma en novela, y luego en película y,
más tarde, en videojuego, como ha ocurrido con Clancy.
O la novela sirve para imaginar un atentado terrorista. O el
atentado se ve en la televisión como si fuera una película.
Queremos
vivir las películas y los libros como si fueran reales,
y la vida como si tuviera el ritmo de la fantasía. Regresamos
a un mundo sin límites entre la ficción y la realidad,
al universo del mito, de la dolorosa irracionalidad, que creíamos
haber enterrado hace cinco mil años con el hombre primitivo.
Sólo que las novelas podemos acabarlas a nuestro gusto,
y lo real, no.
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