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Evocando
a Stanley Kubrick
EDUARDO
SAN MARTIN
Si el brutal
ataque sufrido ayer por EE UU se hubiera producido hace tan
solo una docena de años, nos habríamos encontrado
casi con toda seguridad ante el prólogo de una nueva
Guerra Mundial. Como Sarajevo en 1914, como la invasión
de Polonia en 1939.
Pero aunque
haya ocurrido ahora, en un mes de septiembre de 2001, doce años
después de la caída del Muro de Berlín,
es muy posible que nos encontremos ante el episodio más
importante quizá decisivo de una tercera conflagración
mundial cuyos contendientes nada tienen que ver con las fuerzas
en conflicto conocidas hasta ahora en una guerra convencional.
Es nuestra Tercera Guerra Mundial.
Los expertos
venían advirtiendo desde hace años de que la desaparición
de las batallas entre las ideologías herederas de la
Ilustración darían paso a un conflicto de signo
incierto entre los restos del naufragio de la modernidad las
democracias avanzadas del mundo occidental y los irredentismos
de todo tipo (religiosos, políticos, étnicos)
que quedarían huérfanos de certezas tras el desplome
de las concepciones totalizadoras del mundo. Y eso es lo que
está ocurriendo, muy en contra de las previsiones de
aquél optimista histórico llamado Francis Fukuyama,
que fue asesor del Departamento de Estado norteamericano (lo
que no deja se constituir un sarcasmo en estos dolorosos momentos).
Ayunos de
dogmas racionales, expulsados de la prosperidad económica
por los grandes del mundo o por sus propias elites, sin perspectivas
de participar algún día en un reparto más
equitativo de la riqueza mundial, muchos pueblos satisfacen
sus frustraciones seculares otorgando su confianza a los nuevos
profetas.
Entre la
patera que promete conducirles a un nuevo Eldorado o el ataque
suicida que les lleva directamente al Paraíso sin escalas
intermedias, un ejército de desesperados desafía
los conceptos contemporáneos de seguridad dispuestos
a entregar sus vidas a cambio de un rayo de luz. Y contra esos
nuevos batallones no hay escudos antimisiles que valgan.
La guerra
que nos plantean estos nuevos batallones no es clásica,
pero no por ello es menos guerra. Y en esta guerra, el ataque
sufrido ayer por EE UU puede cambiar el signo del conflicto.
Muchos comentaristas evocan en estas horas la imagen de Pearl
Harbour, el brutal ataque sufrido por la marina estadounidense
que llevaron a cabo pilotos suicidas japoneses y que determinó
el rumbo de la Segunda Guerra Mundial.
Pero lo
ocurrido en este martes de septiembre puede haber afectado de
una manera mucho más dramática al pueblo americano.
Pearl Harbour, aunque administrativamente formara parte del
país, se encontraba en las islas Hawai, a miles de millas
de distancias de sus hogares. Aquello fue un ataque contra su
orgullo como pueblo y como potencia emergente.
Los salvajes
atentados terroristas de ayer constituyen una amenaza directa
contra sus vidas, una experiencia por la que los ciudadanos
norteamericanos no habían pasado desde hace ciento cincuenta
años, desde su guerra civil. Es seguro que en la vida
del pueblo norteamericano, y en las decisiones que adopten a
partir de este momento sus dirigentes, habrá un antes
y un después del 11 de septiembre de 2001.
Hasta dónde
alcanzará la respuesta de EE UU ante esta nueva humillación
constituye una incógnita y más vale no hacer aventurar
ninguna conjetura. Pero, sea cual fuere, determinará
el futuro de los acontecimientos mundiales, y no sólo
políticos. Y pondrá a prueba la solidez y la consistencia
de sus compromisos con los aliados occidentales, y los de éstos
con la única gran potencia militar que ha quedado en
el mundo.
Los dramáticos
sucesos que pueden vivirse a partir de estos momentos van a
someter igualmente a un test decisivo la templanza, pero también
el coraje político, de los demás dirigentes occidentales,
entre ellos los de nuestros país. La amenaza que para
la estabilidad del planeta ha significado la caída de
un determinado desorden mundial había mostrado ya algunas
de sus posibles concreciones (reactivación de grupos
terroristas en el centro mismo del mundo desarrollado, expansión
de movimientos fundamentalistas, guerras étnicas, consolidación
de estados totalitarios de carácter religioso), pero
nunca había golpeado con tanta crueldad en el corazón
del nuevo orden mundial.
No nos encontramos
ante un conflicto entre opciones ideológicas en lucha
por parcelas de poder territorial o económico. Lo que
está en juego no es una forma de entender el mundo, sino
tal vez la forma misma de entender un mundo posible. Hasta ahora
no hemos encontrado respuestas para hacer frente a ese desafío.
La tragedia
sufrida ayer por el pueblo norteamericano (siempre tan denostado)
nos convoca a todos a encontrar esas respuestas. Y lo que es
casi seguro es que esas respuestas no podrán cabalgar
exclusivamente a lomo de misiles como lo hacía el tragicómico
vaquero del inefable filme de Stanley Kubrik (Teléfono
rojo, volamos hacia hacia Moscú) que en estas horas resulta
tan evocador.
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