Turistas murcianos y alicantinos cuentan cómo vivieron la tragedia de Londres
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El terrorismo islámico ataca Londres- 7/7/2005
Turistas murcianos y alicantinos cuentan cómo vivieron la tragedia de Londres
A los estudiantes les asombró el clima de normalidad que transmitían los ciudadanos pocas horas después de los atentados
Son cuatro amigos universitarios en ingenierías. Uno de ellos, Ramón Sendra, 21 años, de Denia, está ahora estudiando inglés en la ciudad costera Brighton y los otros tres habían acordado acercarse a Londres el pasado viernes para pasar juntos unos cuantos días. Pero el jueves estallaron las bombas.

Enrique Ballesteros, 24 años, de Valencia, explica: «Vivimos las bombas de Madrid en España y yo pensaba que, al día siguiente, Londres era la ciudad más segura. La mayor preocupación era si podríamos entrar en la ciudad, porque decían que no se podía». Aún así se animaron. Llegaron al aeropuerto de Stansted, desde donde salen autobuses y trenes a Liverpool Street, una de las estaciones afectadas por las bombas. Javier Matanza, 21 años, de Murcia, y Jesús Gutiérrez, 21 años, de Orihuela, cuentan que vieron muchos policías, zonas acordonadas, cámaras y reporteros en un hospital próximo.

Al cabo de un rato, entraban en la parada de metro de Monument para hacer otra conexión. Allí sintieron un apuro, porque con ellos entraron policías con aire de tener prisa. Javier dice: «Ver eso nos dio recelo. Nos dijimos: «Espera a ver lo que pasa». Pero no pasaba nada.

A Enrique le llamó la atención que los policías formasen un corro, sin prestar atención a los viajeros. Surge una charla sobre si es imposible evitar esas cosas y la presencia de policías pretende simplemente la disuasión. Hablan de esas cosas mientras pasean por el puente de Westminster. Ramón hace balance:

-Yo creo que lo que ha ocurrido aquí no fue tan espectacular como lo de Madrid. El autobús, sí, pero no hay imágenes del metro, que deben ser asquerosas.

Tercia Jesús: -Yo noto menos preocupación.Y recuerdo reportajes en España en los que salía gente muy agobiada. La diferencia es la información.

Y estos cuatro amigos levantinos pasean por tanto relajados en una ciudad que les está pareciendo «muy bonita, más variada en culturas, razas, tiendas, restaurantes, que las grandes ciudades españolas».

Manifestar algo

Cerca del Big Ben pasean Cristina Merry del Val, 26 años, que trabaja en un banco en Londres, y Joaquim Zamacois, de 26 años, barcelonés que trabaja en el textil. Cristina pasó un momento de temor, porque su hermano, que también vive en Londres pasaba por King's Cross en la hora que estalló la bomba. «Le dijeron: Salga de aquí, no haga preguntas, y llegó a la oficina sin saber lo que había pasado».

-La diferencia es que aquí no se dice nada- piensa Cristina. Cuando oyes a Scotland Yard decir ahora que las bombas estaban coordinadas parece que nos están tomando el pelo.

Trabajaba en la Castellana en el momento de las bombas del 11-M y anota el contraste entre la reacción allí, más caótica, también con gente ofreciéndose a ayudar, y lo que ocurrió en Londres, donde todo parecía más coordinado. Comenta que en España se da información sobre atentados terroristas fallidos y aquí no dicen nada. Quizás es mejor no asustar a la gente, evitar lo escabroso.

Javier refuerza la idea:

-Yo he llegado a Londres y no tengo la sensación de que ha pasado algo grave.

Brota una conversación sobre las manifestaciones de protesta. Cristina hubiese «preferido una reacción de condena, no quedarse en casa, como si estuvieras muerta de miedo» «No es así del todo», dice Javier, «no se quedan en casa por miedo sino que quieren seguir su vida con normalidad. Y, en esa manifestación, ¿contra quién se protesta?».

Cristina recuerda que colegas del banco tuvieron que marcharse andando a casa, quizás tres horas de caminata, y en la mañana del viernes volvieron al trabajo tras otra larga caminata. La conclusión es que los ingleses son más fríos.

La charla deriva hacia lo apropiado o no de convocar manifestaciones cuando se ha perpetrado un acto de terrorismo, distrayendo a las fuerzas de seguridad en su trabajo principal y ofreciendo un nuevo objetivo. «Desde luego,» dice Cristina, «cuando íbamos en la manifestación de Madrid nos decíamos que si ponían otra bomba moríamos todos». Pero a ella le gusta la idea de mostrar públicamente el rechazo.

¿Bomba o noticia?

Salvador Ballus, 46 años, mecánico, de Martorell, su mujer, Carmen Pàmies, 44 años, enfermera, y sus hijos, Nuria, 16, y Arnau, 13, están en el borde de Traflgar.

-El jueves nos quedamos bloqueados- explica Carmen-. Teníamos reservado el viaje para el sábado y no sabíamos lo que hacer. Hablamos entre nosotros, con los amigos, con la agencia de viajes, y nos decidimos.

Nuria no estaba convencida y pertenece a la generación que consume información instantánea:

-Yo decía que no venía, que me quedaba en casa. Pero luego vi en la tele que la gente estaba en la calle y que había vuelto al trabajo. Consulté en Internet los periódicos ingleses, The Sun y The Guardian, y también periódicos franceses. Me dí cuenta de que no había imágenes. Cuando ocurrió lo de Madrid, vimos las mismas imágenes durante semanas.

Salvador incide en el tema común:

-No sé si ocultan la información o la gente no la quiere. Allí fue una machacada y los políticos se pelearon, cuando aquí se han cerrado. Creo que el país y el Gobierno han sabido tratar la situación con delicadeza.

Están sorprendidos de la normalidad. Cristina, que ha conocido la generosidad humana en un hospital cuando ocurre algo tan trágico, sabe que hay muchas historias de desprendimiento y solidaridad tras las bombas de Londres, pero, como una turista más, sinte que «si no lo hubiese leido en los periódicos no sabría que ha ocurrido algo». Aunqu,e esta mañana, cayó un tablón en una obra y el ruido creó una alarma excesiva.

Arnau no quiere entrar en el metro. Sus padres le habían dicho que es como un tubo y, después de lo ocurrido, prefiere no visitar el subsuelo. ¿Ha llegado su contento a adoptar a la selección inglesa de fútbol, cuya camiseta luce? «No, no, yo soy del Barça, pero la camiseta estaba en rebajas».

Al otro lado del río, Ricardo Gaete, de Santiago de Chile, anima a los transeúntes a entrar en el museo Dalí. Y él, actor de mimo, estudiante con Marcel Marçeau en París y ahora con sus discípulos ingleses, encarna cada día al personaje con un aire convincente.Y, cuando habla sobre lo que ocurre, se refiere inevitablemete a las artes tan humanas del actor, a la vida y a las máscaras.

-Cuando somos demasiado contenidos caminamos como si tuviésemos dentro la podredumbre y un día tendrá que salir. Esto no se resolverá mientras no encontremos la luz interna, si no nos convertimos cada uno en un Prometeo, con su propia antorcha.

Pasean los turistas plácidamente bajo el Dalí chileno y le sacan fotos y sonríen.


Vocento