El perdón y las gracias
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Ya no veré de nuevo aquellos ojos suyos

Sin duda, no es para mí ni para quienes durante tantos años lo tratamos de cerca el momento de hablar sobre Ramón Gaya. Cuando, forzado por las urgencias de hoy, trato de escribir algo sobre él, la pena por la muerte del amigo se impone en mi ánimo a cualquier otra consideración. Ya no escucharé más sus palabras, ya no veré de nuevo aquellos ojos suyos, los más vivos y limpios y penetrantes que yo haya visto nunca.

Pero, desde más allá del dolor, me llega a pesar de todo la imagen nítida y luminosa que de Ramón Gaya y de su obra he albergado siempre. Al valorar a los contemporáneos, inevitablemente tiene uno sus cautelas, pues sabe que anda por un terreno movedizo. Pero desde que me acerqué a la figura de Ramón Gaya y pude conocer a fondo su obra de pintor y de escritor, supe sin titubeos que me encontraba ante una verdad rotunda, incontestable y definitiva, que me hallaba ante un creador de nuestro tiempo, sí, pero que por su pureza y por el fulgor de todo lo que había hecho estaba a la altura de los más grandes del pasado, que era un igual a ellos, un hermano suyo.

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