La plaza de Santa Catalina aparecía ayer rebosante
de gente y de sol, mientras un pequeño grupo de personas
se iba congregando ante las puertas del Museo Gaya, buscando
algún indicio que les confirmara la triste noticia,
con la que se habían desayunado, de que el pintor
murciano Ramón Gaya había muerto.
Nadie se atrevía a hablar abiertamente del fallecimiento.
En tono bajo de voz se intercambiaban algunas impresiones,
se indagaba alguna noticia, se aportaba algún recuerdo
luminoso del insigne pintor murciano, nacido en el antiguo
Huerto del Conde, que se ubicó en las llamadas Puertas
de Orihuela.
La poeta Isabel García fue la primera en acudir
a estampar su firma en el libro que el personal del Museo
dispuso para tal efecto, en la sala de exposiciones temporales.
Después llegó el profesor Santiago Delgado,
y el ex presidente preautonómico Antonio Pérez
Crespo.
Todos manifestaban su pesar por la muerte del pintor, que
el pasado día 10 había coronado sus 95 años
de una vida plena en creatividad y talento.
El personal del Museo parecía entristecido y desconcertado.
No habían recibido ningún tipo de instrucciones
y por tanto pensaban mantener el horario normal de apertura
y funcionamiento.
Lo único que acertaban a decir era que «el
entierro será mañana (por hoy), a las 12.30
en Espinardo». Añadiendo que «hasta nueva
orden mantendremos abierto el Museo en su horario habitual».
El director del Museo Gaya, Manuel Fernández Delgado,
había salido hacia Valencia, localidad donde se había
producido el óbito, sin dejar instrucciones. Por
eso quizás no había ningún crespón
negro ayer en la fachada del Museo que anunciase a Murcia
el fallecimiento del titular.
Cuando los periodistas y fotógrafos congregados
en el entorno del Museo comenzaron a difundir la noticia,
todo el mundo miraba con cierto respeto hacia los balcones
de la casa Palarea, donde se ubica el Museo Ramón
Gaya.
Algunos versos
Las jacarandás que jalonan la plaza, desvestidas
por el otoño de sus brillantes flores malvas, parecían
proyectar sombras tristes sobre el inmueble que alberga
la valiosa colección de obras que el pintor Ramón
Gaya ha ido donando a la ciudad.
En el interior del Museo se podía leer el poema
de Elsa López titulado: Mascarones de proa y que
dice: «Me hundo y luego vuelvo a renacer de nuevo.
No pueden las tormentas con mi rostro y su pena. Derivo
mar adentro. Me tragan los abismos, y resurjo de nuevo sobre
el mar y las olas. Yo soy insumergible. Como esos mascarones
de los barcos antiguos que navegan soberbios del tajamar
en lo más alto».
La guineana Elsa López fue la protagonista el pasado
día 4 de una lectura poética, dentro del ciclo
Poesía en el Museo, y dejó el citado poema
colgado en una de las vitrinas. Su lectura tras la muerte
del pintor, resulta reconfortante por su promesa de permanencia
y renacimiento.
En los bares del entorno de las plazas de las Flores y
Santa Catalina, pronto la noticia del fallecimiento del
pintor se hizo patente entre los numerosos clientes que
ayer tomaban un aperitivo. Nadie se quedó indiferente.
Los más jóvenes recordaban haber visitado
alguna vez el Museo, a instancias de sus profesores.
Algunas personas mayores, vecinos del entorno, recordaban
haber visto al pintor paseando por la plaza, prendiendo
en sus ojos la luz que con tanto arte sabía trasladar
a los lienzos.
Muchos se interesaban por saber si iba a ser enterrado
en Murcia. Apuntando su intención de acudir al sepelio
si les era posible. Hubo quien a la puerta del Museo rememoró
un escrito de Juan Ramón Jiménez, del año
27, en el que el poeta decía: «Yo creo firmemente
que Ramón Gaya, Luis Garay, Pedro Flores, que han
sabido levantarse en su rincón murciano, como árboles
de patio, a recibir en el pensamiento agudizado la luz libre
del mundo en hora, serán en su día, conjugadores
seguros del olvido y la memoria, estéticos maestro
pintores de invención».
Apuntando que «es una pena que Ramón Gaya,
superviviente de esa magnifica generación de artistas
murcianos, a la que perteneció también Joaquín,
haya desaparecido».