La peligrosa relación que
mantiene el niño con el aire ha llevado
desde siempre ha experimentar sistemas de conservación.
Una búsqueda que alcanzó su objetivo
a finales del siglo XVII con el reconocimiento
por parte del Parlamento inglés del invento
presentado por Sir Kenlm Digby. Fue este cortesano
quien tuvo la idea de fabricar la primera botella
tubular, de hombros caídos, cuello largo
y un anillo o gollete en su extremo superior para
ajustar el dispositivo de taponado. Había
nacido la botella a la manera inglesa, que sería
denominada bordelaise por los franceses cuando,
a partir del año 1707, la adoptaron para
conservar sus excelentes caldos.
En contra de lo que puede parecer su forma cilíndrica
no se diseñó por motivos estéticos,
sino para permitir una apilamiento lo más
racional posible. En cuanto a su color, la botella
nació inclinada hacia el verde oliva por
una razón accidental. Y es que, el uso
obligado del carbón de turba para alimentar
los hornos confería al vidrio ese color
que más tarde se comprobó que beneficiaba
al vino preservándolo de la luz.
Con estos puntos de apoyo, comienza en el siglo
XIX y con él el desarrollo, hasta hoy,
de la botella hacia su elaboración en serie,
adquiriendo variantes en cuanto a las formas y
colores para los vinos de distinta procedencia.
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