El vino es uno de los productos naturales que ha tenido
un papel muy importante en las culturas mediterráneas.
En los procesos de expansión colonizadora hacia
Occidente, que ocurrieron a lo largo del primer milenio
a.C. estas culturas transmitieron, con nuevas interpretaciones,
los rituales y mitos que en torno al vino se habían
desarrollado ya desde el tercer milenio a.C. en Oriente.
Para los fenicios, su transcendencia económica
fue muy importante, al considerarlo en su comercio de
tanto valor como las joyerías, la púrpura,
los metales preciosos, etc. Además en Oriente
el vino siempre estuvo ligado a los bienes económicos
del templo y el palacio.
Poco a poco, las comunidades indígenas de Iberia
van accediendo al vino y organizando su propia producción.
|
Más tarde, en la época romana es
cuando el vino alcanza la categoría de
bebida de consumo ordinario.
No todos las bebidas existentes entonces
|
|
|
|
OImagen de Simposium
etrusco.
|
|
tenían la misma
categoría y la práctica de beber el
vino en comunidad asumía una exclusiva e
importante función: la adquisición
de honor y la creación de unas obligaciones
sociales. |
Según el profesor A.J. Domínguez, esta
función, practicada y perfectamente asimilada
de la cultura griega, necesitaba de una serie de complejos
montajes simbólicos pero también de unas
infraestructuras para garantizar un uso adecuado del
mismo. Ello se debía a los poderes atribuidos
al vino y centrados sobre todo en su potencialidad embriagadora.
El vino debía beberse en un marco adecuado,
el simposium, que reunía en torno a la crátera
a los privilegiados, separándolos en la sala
de banquetes del resto de convidados que no participaban.
La copa se desplazaba en sentido vertical y horizontal,
elevándose hacia los dioses y circulando entre
los hombres.
El tratamiento conveniente del vino consistía
en añadirle agua, lo que confería al acto
un carácter civilizador; "el vino puro producía
la locura, como les ocurrió a los centauros que,
embriagados por beber vino puro atacaron a los lapitas
para arrebatarles a sus mujeres".
La gran madurez de las uvas usadas en la elaboración
darían lugar a vinos de alta concentración
alcohólica (16-20º) o bien los tratamientos
para su conservación (concentración o
incluso la adición de sustancias vegetales con
carácter psicotrópico que aportarían
especialmente al vino en estado puro dotes embriagantes
extraordinarias) hacían necesaria esta mezcla
con el agua.
El ritual de la mezcla garantizaba una mayor duración
del festejo y las proporciones (10:5, 3:1, 5:3 partes
de agua y partes de vino) variaban en función
del momento del acto y de la importancia de los participantes.
Las preferencias bebedoras de griegos y romanos, claramente
centradas en el vino, consumido de acuerdo a precisas
normas, con un determinado orden y ceremonial, en estancias
adecuadas y con un mobiliario preciso, hacen que su
visión de lo que bebe el "otro" quede
ampliamente marcada por sus prejuicios culturales.
El consumo del vino en estado puro o sin diluir, estaba
considerado como un acto reservado a los bárbaros
o a los que se comportan como ellos, o a los locos,
que enloquecían por esa causa, o a los malvados.
Otra diferencia entre civilización y barbarie
durante la colonización romana era el uso que
se hacía de las diferentes bebidas que competían
con el vino, a saber, los llamados falsos vinos (de
dátiles, higos, manzanas, peras), con diversos
aromas, con plantas de jardín, con flores, con
hierbas, con agua y miel, con miel y vinagre, etc.
Además hay que añadir otras bebidas derivadas
de los cereales: el "zythum" en Egipto, la
"caelia" y la "cerea" en Iberia
y la "cervesia" proveniente de la Galia, siendo
esta ultima una de las de mayor éxito. (Plinio;
N.H. XIV).
El juicio negativo de Plinio es claro: "no solo
esas bebidas son sucedáneos del vino sino que,
además, son malolientes, se beben puras, sin
mezclar, provienen de los cereales y son muy inferiores
en aroma y fuerza".
En general, en la Iberia romana, la cerveza se consideraba
un sucedáneo apto solo para aquellos que no tienen
medio de acceder al vino, bien porque en determinados
países no se produce, bien por su precio.
Posidonio en su obra sobre las costumbres de los celtas
resalta como los ricos beben vino mezclado con agua,
mientras que los pobres tienen que conformarse con cerveza
de trigo, sola o preparada con miel, ("cormae").
En su afán de marcar distancias entre el vino
y la cerveza (bebida pobre y bárbara), individuos
aparentemente tan sensatos como Aristóteles en
su "Tratado sobre la Ebriedad", no tienen
reparos en buscar diferencias hasta en las consecuencias
de embriagarse con una u otra bebida; así, por
ejemplo, para este autor "aquellos que se han emborrachado
con vino caen boca abajo, mientras que los que han bebido
cerveza lo hacen boca arriba; porque el vino produce
pesadez de cabeza, pero la cerveza adormece".
Igualmente puntualiza; "aquellos que han bebido
la cerveza de cebada que llaman Pinom caen sobre sus
espaldas y permanecen boca arriba, a diferencia de los
que se embriagan con otras bebidas intoxicantes que
caen en todas direcciones, a veces a la izquierda, a
la derecha o boca arriba o boca abajo".
Aparte de lo anecdótico, es interesante el intento
de elevar a la categoría "científica"
los resultados o efectos de la elección de una
determinada bebida.
De este modo, el vino alcanza una importante función
dentro de los modos culturales y civilizadores en la
Iberia romana. Cierto es que Dionisos y Baco, responsables
de convertir el mosto en vino, no dispensan sus dones
a todos; solo lo hacen a aquellos que, en cierto modo,
lo merecen. (Plinio N.H; XIV, 137).
Como dice P. Villard "los griegos y romanos seguramente
daban las gracias a estos dioses, por haberles evitado
bebidas mediocres".
Prejuicios culturales, pues, en la elección de
la bebida.
|