I.
Rosado, el color de los primeros vinos
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Por
Juan
Carlos Carcelén
Conservador del Museo del Vino de Jumilla
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| El vino rosado es el vino bíblico, aunque
esta afirmación nos sorprenda un poco.
Es el primer tipo de vino que aprendió
a hacer el hombre cuando exprimió un racimo
entre sus manos. Era seguramente el vino de los
fenicios y de los egipcios, como se puede deducir
observando
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las escenas de vendimia que adornaban los bajorrelieves
de algunos monumentos erigidos en aquellas lejanas
épocas.
Las pinturas de la tumba del sacerdote egipcio
Menotheph representan en un mismo fresco la vendimia,
la pisa de la uva, el prensado y el "embodegamiento"
del vino.
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Aparecen unos hombres que recolectan los racimos, al
lado otros que pisan las uvas agarrándose a una
cuerda que pende sobre ellos para no resbalar. Mas abajo,
el prensador, hecho con una gran bolsa de yute que es
retorcido por cuatro esclavos. Por ultimo, otros dos
hombres llenan tinajas con el jugo recogido y no falta
siquiera, en esta escena bucólica, el escriba
que anota la cantidad de zumo recolectado.
Analizando esta escena con ojos enológicos,
es técnicamente imposible obtener, con estas
manipulaciones, otra cosa que no sea vino rosado, al
no hacerse la suficiente maceración de los hollejos
que requiere el vino tinto.
Para el profano es preciso aclarar de inmediato y formalmente,
que el vino rosado no es el resultado de una mezcla
de vino tinto con vino blanco, sino que es el resultado
de una técnica particular que consiste, por diversos
artificios, en no dejar exudar del hollejo de la uva
sino una muy pequeña parte de la materia colorante
en el racimo tinto.
Hoy día, la fama de este tipo de vinos
es tal que todos los países vitivinícolas
los producen, con mayor o menor fortuna.
Son vinos de agrado, que llenan los ojos y capaces
de aplacar la sed.
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Su aceptación es mayoritaria
aunque a algunos de sus fervientes seguidores
procuran placeres más viscerales que intelectuales.
Hasta el siglo XVIII, el 90% de los viñedos
tintos sólo producían vinos rosados
o claretes.
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Era una consecuencia directa del desconocimiento de
los viticultores acerca de los procesos de la fermentación
y, asimismo, de los instrumentos rudimentarios con los
que se esforzaban por extraer el jugo de la uva.
Más tarde, el vinicultor reprodujo, controlándolas
y mejorándolas, las fases de las técnicas
ancestrales, para otorgar a esa tecnología particular
sus títulos de nobleza y hacer esos productos
específicos, consagrados después por la
notoriedad.
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